Siempre odié a ese animal desde que lo ví por primera vez. Odiaba sus ladridos histéricos y chillones, odiaba como corría moviendo sus patitas filigranas. Fantaseaba con llevarlo al barrio chino y dejarlo ahi para que lo hicieran al wok, pero dada su diminuta anatomía, no hubiera dado mas que un par de alitas de pollo. Realmente odiaba a ese perro por muchas razones, pero creo que mas que nada lo odiaba porque ella lo quería más que a mí.
Esos meses en particular, los recuerdo de forma muy nebulosa. Vapores de memoria que se mezclan salpicadas de imágenes y se tiñen con las iras y frustraciones de una vida, haciendo fútil el cándido intento de explicar.
Pero sé que tengo que esforzarme por recordar. Tanto depende ahora de eso.
A la hija del dueño del quiosko a la vuelta de mi casa la recuerdo bien de tanto pasar por ahi y comprarle cigarrillos. Era una joven enorme de unos 140 kilos. Su mano, inflada y blanda como un pollo chico, sostenía una caja de cigarrillos que desaparecía entre sus dedos traspirados. Le pedi que me diera unos chicles para evitar el vuelto porque a esa altura ya todo me chupaba un huevo y con o sin chicles no me iba a alcanzar jamás para pagar la montaña de facturas que me acompañaban desparramadas, y en número creciente en sus sobres aún sin abrir sobre la mesa del living desde hacía varias semanas.
Debo haber cruzado la calle a sentarme en el banco de la plaza frente al quiosko para estirar los brazos sobre el respaldo mirando el cielo estrellado.
La fuerza de la costumbre me llevaba siempre al mismo banco desde que había aparecido en mi vida Flowers, este perrito que mi mujer habia traido -o al menos eso decía ella- de la calle.
Diariamente, durante tres años, había repetido el ritual de traer al perro a la plaza atándolo a un árbol frente al banco para ir al bar al lado del qiosko a tomar unas cervezas, hasta que una noche durante uno de estos paseos, mi mujer se fué de casa dejándo sólo una nota en la que decía que no soportaba mas vivir conmigo y que por favor me deshiciera del puto bicho.
El fraseo del resto de la nota era esperable, la amargura usual, ningún nuevo insulto sorprendente. Quizás el efluvio cotidiano de reproches había drenado su capacidad de violencia escrita, aunque admito que había esforzado un par de oraciones torpes formuladas en tono de maldición intentando explicar sus deseos para mi futuro. Pero creo que lo que mas rabia me dio -y no se si habrá hecho esto a propósito- es que escribió la nota sobre un papel en el que yo había escrito la letra de un Tango. Y cuando digo que no sé si hubo algún propósito atrás de eso, es porque recuerdo que había estado buscando esa hoja de papel durante semanas, y que ella siempre había negado haberla visto.
También la posdata era muy llamativa porque pedía claramente que por favor -realmente usaba esas palabras- me deshiciera del puto bicho.
El que siguió fue un tiempo de mierda, pero mas que nada porque las tareas dométicas nunca habían sido mi fuerte. Era como si todos los aparatos de la casa incluído el horno, las hornallas y la pileta de la cocina hubieran dejado de existir de la noche a la mañana desapareciendo abajo de una gruesa pátina de grasa y pilas de platos.
Para empeorar las cosas, me faltaba la vitalidad para levantarme a resolver mis asuntos y la claridad para analizarlos y planear mi vida de cara al futuro.
Solía mirar algo de tele tomando cerveza y pasaba el tiempo incluso mirando toda la mierda que mas odiaba. Una noche mientras andaba la tele me levanté del sillón sin apagarla. Tinelli, Susana, Mirta, Sofovich, Petinatto, y todo el puto resto, los había visto u oído a todos, y si no los había visto, había escuchado o leído lo que otros decían de ellos. Todo mierda! Pura mierda barata! El último centímetro cúbico de birra en mi vaso concentraba mas sinceridad e inteligencia, mas argumento, mas plot, mas suspenso, mas drama, chiste, realidad, gracia, elegancia y contacto con el mundo de lo que cualquiera de estos idiotas podría jamás llegar a entender o trasmitir.
Me calcé la campera y me dirigí a la puerta de calle dejando el televisor encendido a modo de repelente para no tentarme de volver.
Debía de ser por esa puta hora de la noche a la que todos mis compatriotas se planchaban los pliegues grises del neocortex asimilando las imágenes de la última y novedosa estrellita cantante llegada de vaya a saber qué puto olimpo mediocre lleno de estrellitas de un día, que al bailar al ritmo del playback tropezaban o mostraban una teta que accidentalmente se les salía del corpiño.
Necesitaba más nicotina. Que me amenazaba de muerte pero sin mentirme ni volverme pelotudo, y necesitaba otra birra. Pero sobre todo, necesitaba salir de mi casa para sentir toda la abrumadora magnitud de esa nueva soledad.
Fué ahí al abrir la puerta, que escuché el murmullo de un instrumento de tango seguido por una frase de bandoneón inconfundible, la música tenía que venir de algún lugar del edificio. Esa frase... tan conocida... me quedé parado en el umbral de la puerta congelado. Agradecido. Ese Tango!
Atrás mío escuché el ya familiar y apresurado rasguido de uñas en el piso. Me di vuelta y el puto bicho me miraba jadeando en silencio. Algo había cambiado: Ya no me ladraba, y cuando lo hacía no sonaba histérico y chillón sino seguro, casi decidido. Guau! un ladrido: Guau! solo eso: nada mas que lo esencial en un Guau! redondo y claro. Flowers, bicho puto, que voy a hacer con vos? pensé.

